La gran batalla de la Ciencia por la atención del público

¿Por qué la Ciencia tiene tantos problemas para despertar el interés del público en general?

Miguel Baños

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by | Jul 23, 2020

Cada día, la Ciencia se integra más en nuestro entorno, influyendo en nuestra calidad de vida, en la forma de trabajar, de relacionarnos, de disfrutar… A todos, en mayor o menor medida, la Ciencia nos afecta y nos puede interesar. Seguramente, no todos los temas, pero sí los que tienen cierta relevancia en nuestras vidas. Sin embargo, esta repercusión no se traduce en interés por las publicaciones con contenidos científicos.

Para conseguir que un público amplio, más allá del círculo próximo del investigador, se interese por las publicaciones científicas, el primer paso imprescindible es captar la atención; un “bien” cada día más escaso en un mundo lleno de distracciones. Cualquier marca comercial sabe que, si no logra que el público preste atención a sus mensajes, es imposible alcanzar cualquier otro objetivo. Así que, llegados a este punto, tendremos que aceptar que el interés por la ciencia en la sociedad depende, en buena medida, de la capacidad que los científicos tengan de despertar ese interés. 

La atención de los públicos está en crisis

No ponemos en duda que algunas (o muchas) investigaciones sean interesantes por sí mismas, pero esa no es la cuestión. Diariamente, nos exponemos a miles de estímulos y solamente una pequeña parte de ellos capta nuestra atención y no necesariamente son los más relevantes. Es posible que no seamos conscientes de la magnitud de la sobreestimulación que vivimos; Eduard Punset (2009), uno de nuestros grandes divulgadores científicos, afirmaba en una entrevista al psicólogo John Bargh que nuestro cerebro es capaz de procesar a nivel consciente un máximo de 50 bits de información por segundo, una cantidad ridícula comparada con los once millones de unidades por segundo que gestiona el inconsciente. En otras palabras, nuestro cerebro solamente puede analizar una parte limitada “hasta sus niveles cognitivos más altos para guiar el comportamiento” (Vidal et al., 2016, p. 107). Y con toda esta cantidad de información aún nos preguntamos por qué la Ciencia no despierta un interés generalizado en la población.

Redes – El experto y sabio inconsciente. Fuente: RTVE

Por si la cantidad de estímulos no fuese suficiente, tenemos las distracciones. Wu (2020) nos dice que vivimos “en una época aquejada de una sensación generalizada de crisis de la atención –por lo menos en Occidente-, plasmada en la expresión Homo distractus, una especie con una limitadísima capacidad de atención a la que se conoce por consultar sus dispositivos compulsivamente”. Y a esta crisis de atención tenemos que enfrentarnos cuando intentamos comunicarnos con cualquier público. Además, como señala Bailey (2019), siempre estamos enfocando nuestra atención en algo o en alguien. Así que, con tanta información accesible y tantas distracciones, frecuentemente actuamos con el “piloto automático” puesto, lo que supone un problema añadido porque rara vez los estímulos más importantes son los que más captan la atención. Por lo tanto, el interés que despierta un texto científico depende de diferentes factores, muchos de ellos ajenos a la relevancia “objetiva” de la investigación. Lo que hay que conseguir es que el público perciba esa relevancia… si logramos captar su atención.

Fomentando el interés de los textos científicos

Hasta aquí hemos visto los problemas, la buena noticia es que podemos hacer algo para solucionarlos. Para Rueda et al. (2018) podemos lograr que se seleccione una información de manera refleja cambiando algún aspecto externo en la estimulación para que capte la atención y lograr que se dirija hacia ella.

El primer paso ya se ha comentado en este blog: querer comunicar y saber a quién nos queremos dirigir. Esto supone diferenciar los textos académicos, dirigidos al ámbito científico formado por expertos que conocen en profundidad la materia, y los textos de divulgación científica, dirigidos a públicos no expertos. Y cada uno de los posibles públicos espera encontrarse con algo diferente; por eso, ni la forma ni los contenidos pueden ser iguales para todos.

Contenidos que deben ser relevantes y accesibles para cada público. Relevantes para que se perciba que aportan valor en términos de información, formación o entretenimiento; no es el valor objetivo de la investigación, sino el significado que tiene para las personas que acceden a esos documentos. Y esa percepción de valor es muy diferente para la comunidad científica, para el público no experto o para el sector empresarial, donde la relevancia también tiene que ver con llegar en el momento oportuno.

Con la accesibilidad nos referimos, simplemente, a la facilidad de comprensión de ese texto, que se entienda; algo imprescindible para despertar el interés y captar la atención. Y, de nuevo, es muy diferente lo que puede entender un científico de lo que pueden entender los que no son expertos en la materia; y esta distancia será aún mayor cuanto más complejo sea el ámbito de la investigación.

Por otra parte, también hay que ajustar los aspectos formales. Gráficos y tablas llenas de datos pueden facilitar la valoración que los pares hagan de un texto académico, mientras que para otros públicos serán mucho más útiles, por ejemplo, las infografías.

Si tuviésemos que resumir todo esto en una palabra, posiblemente sería adaptación: a las características de los públicos, a las nuevas herramientas de comunicación, a los estilos más eficaces… a todo lo que haga más relevante y accesible nuestros textos, porque solo los mejor adaptados ganan la batalla de la atención.

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